ROMANCE DE EYSSALÈNE Y MARIUS_JORGE CARDOSO


ROMANCE DE EYSSALÈNE Y MARIUS_JORGE CARDOSO

N.º de producto: MP020045

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El precio incluye el IVA



Autor: Jorge Cardoso

Para Orquesta de Plectro

Guión + particellas (6 instrumentos)

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EL ROMANCE DE EYSSALÈNE Y MARIUS

El loup garou (hombre-lobo) de los Alpilles[1]

El octogenario Père Josef conocía muy bien a Marius. Lo había bautizado, instruido en el catecismo y dado la primera comunión. Por eso se quedó perplejo cuando este, arrodillado en el confesionario, le anunció su determinación.

- Padre, usted me conoce y le consta que siempre fui un buen cristiano. Por eso vengo a pedirle que rece por mí y sea clemente con las consecuencias futuras de mis actos, que probablemente no podré controlar. Encomiendo mi alma a Dios, aunque me siento obligado a vendérsela al Maldito.

Se retiró sin responder a la pregunta de qué era lo que estaba ocurriendo. Sólo añadió:

- Volveré para darle más detalles... si es que puedo.

Marius Bérenguier era un pastor de unos veinte años cuya cabaña se encontraba a menos de un kilómetro de la aldea. Su rebaño le permitía vivir dignamente, pero sin más. A veces llevaba las ovejas a pastar al otro lado del pueblo, a la vieja Capilla de Saint Sixte donde podían abrevar en una fuente cercana. Estaba perdidamente enamorado de la bella Eyssalène Guigou, hija del molinero de Eygaliéres, quien además de poseer todo tipo de animales, se había convertido en un adinerado comerciante de leche, quesos y carne del lugar. Como Marius sabía que no podía aspirar a ella, su amor se nutría más de lo que imaginaba que de la realidad de los mudos y escasos cruces con ella durante los pegoulados, fiestas nocturnas durante las cuales los músicos recorren las calles tocando una especie de retreta alumbrados con antorchas de brea llamadas pegots. Aunque era imposible vislumbrar su rostro bajo esa luz tan tenue, alimentaba su fantasía creyendo que ella lo observaba con disimulo mientras que en otras lo atravesaba con la mirada. Su pasión aumentaba días tras días y, con ella, el dolor del amor imposible.

Su único familiar era una hermana de su abuela a la que decidió visitar para confiarle su desánimo y pedirle consejos. Le contó lo de los cruces, las miradas, de sus suposiciones… La anciana preguntó:

- ¿Usa abanico?

-   Sí tía.

-   Entonces debo explicarte cosas que ignoras.

Marius escuchó admirado una lección sobre el lenguaje de los abanicos. Recordó que en los primeros encuentros Eyssalène lo sostenía abierto en la mano derecha mientras deslizaba su índice izquierdo en un ir y venir repetido sobre el borde. Su corazón latió con fuerza al enterarse que eso significaba que la joven quería hablar con él. Que dejarlo deslizar sobre la mejilla, algo que le había observado con frecuencia, era confesarle su amor, y apoyarlo sobre sus labios era manifestar el deseo de que lo bese.

Ah!… Pobre Marius. Antes de enloquecer decidió que en las próximas fiestas tenía que abordarla y hablarle sin rodeos. Pero no tenía ni idea acerca de qué decirle. El paso de los días le parecía una eternidad. Hasta que llegó el momento esperado. Cuando la vio a unos cincuenta metros aceleró el paso y, sin titubear, se dirigió hacia ella. Sin embargo, un gesto que no figuraba entre los que su tía le había enseñado lo detuvo abruptamente: Eyssalène se abanicaba muy deprisa, como si le faltase el aire. Pensó que tal vez se sentía mal, que iba a desmayarse. Avergonzado por no tener respuesta a esta alternativa inesperada, renunció al proyecto de hablarle, abandonó la fiesta y volvió a su cabaña con el corazón malherido.

Al día siguiente, en cuanto sus obligaciones con el rebaño se lo permitieron, volvió junto a su tía abuela. Mejor hubiera sido no preguntarle nada. Abanicarse deprisa significaba, sin ninguna duda, estar prometida a otro. Cuando el dolor desplazó a la esperanza y el odio al amor, la idea del suicidio no tardó en instalarse. Aunque su pasión era correspondida, abrigar la idea de que la hija del potentado de la aldea podría casarse con un pobre diablo como él era inútil. Mientras lloraba y maldecía su suerte empezaba a tomar forma una idea que lo aterrorizaba. Debía raptarla, pero ¿cómo, cuándo y a dónde ir sin que su poderosa familia los encuentre? Paso a paso, comenzó a planear un proyecto en el que cualquier opción era válida y debía ser calculada meticulosamente.

Se ausentó del pueblo durante los meses de calourasso para construir una cabaña en un sitio aislado e inaccesible de los Alpilles. Allí no los encontrarían. Marius conocía bien el bosque, era un excelente cazador y sabía cómo proveerse de todo cuanto pudiera hacerles falta cuando estuvieran juntos. Lo que más trabajo le costó fue encontrar una solución para hacer frente a la ferocidad de los lobos, pues allí estarían a su merced. A pesar de que algunas veces los había cazado poniéndoles trampas y en otras los había enfrentado directamente arriesgando su vida, no los conocía lo suficiente. Aun así, estaba convencido de que la única manera de vencerlos era ser mucho más fuerte que ellos. Hasta que un día, fortuitamente, como un rayo que ilumina las penumbras, descubrió la manera: bebiendo agua de la huella de un lobo, usando un cinturón hecho con su piel y durmiendo desnudo a la luz de la luna llena. Esto le garantizaría adquirir la capacidad de transformarse en lobo así como también la de dominarlos y servirse de ellos. Vivirían entre ellos. Nadie se atrevería a adentrarse en sus dominios.

Pero antes de consumar su plan tenía que volver a hablar con Père Josef. Se lo había prometido. Debía explicarle los detalles del mismo y su decisión de llevarlo hasta las últimas consecuencias. Se diría que dudaba entre Dios y el Diablo y que la opinión y los consejos del cura podrían ser la última oportunidad para abortarlo. Sin embargo, cuando llegó a la iglesia fue recibido por un joven sacerdote llamado Aubin, quien le dio la mala noticia de que Père Josef, a quien había venido a ayudar en la última etapa de su vida, había fallecido en sus brazos hacía pocos días.  La suerte estaba echada, Dios lo había abandonado.

[…]

Como todo el mundo sabe, un hombre-lobo se comporta de manera normal la mayor parte del tiempo y posee una salud y un estado físico excepcionales. Sus sentidos están muy desarrollados, especialmente el del olfato, y sufre enormemente sus metamorfosis. Entonces pierde por completo la conciencia humana, se vuelve extremadamente feroz y dotado de una fuerza descomunal, para permanecer con su aspecto animal por espacio de algunas horas, generalmente en noches de plenilunio o cuando se desatan fuertes tormentas.

Marius lo vivió en carne propia y su plan se desarrolló a la perfección. Raptó a Eyssalène y vivieron muy felices. Ella siempre creyó que lo de su amado había sido una puesta en escena teatral muy inteligente en la cual los presentes, convencidos de estar en presencia de un verdadero loup garou, abandonaron cualquier actitud de resistencia o defensa y huyeron aterrorizados. Fue demasiado fácil para Marius. Aunque el pueblo entero se movilizó para rescatar a Eyssalène, nunca pudieron encontrarla. Tras varias semanas de intensas batidas abandonaron las búsquedas, dándola por desaparecida.

Marius se cuidó muy bien de alejarse de su amada durante las noches de gran luna con el pretexto de que, debido a la buena visibilidad, eran los mejores momentos para cazar. Pero la felicidad duró menos de un año. Eyssalène, embarazada, murió enferma presa de altas fiebres y violentas convulsiones. Marius perdió a su amor y al hijo que llevaba en sus entrañas. Y con ellos, el deseo de vivir.

Aunque los ataques por hombre lobo en los Alpilles y en la Camargue siguieron sucediéndose durante varios años, la cantidad y la frecuencia de los mismos iban reduciéndose paulatinamente hasta que desaparecieron por completo en el transcurso de una década. Seguramente Marius, destrozado por la muerte de su amada, se había quitado el cinturón de piel de lobo y comenzado a rezar devotamente.

[…]

cadas más tarde, cuando esta historia estaba completamente olvidada, un viejo desconocido llegó discretamente a Eygalières durante uno de los pegoulados y se puso a observar la fiesta sentado a cierta distancia, apartado del jolgorio pero pendiente de él. Tan absorto estaba que no se dio cuenta de que otro anciano lo escrutaba discretamente pero con mucha atención, el cual, pasados algunos minutos, no pudiendo contener su curiosidad, se acercó y le preguntó:

- Perdone señor, por casualidad, ¿no será usted Marius Bérenguier, el que desapareció hace más de cincuenta años?

- No señor, ¿por qué? ¿Quién es usted?

- Perdone mi torpeza, soy Père Aubin. Creo que lo he confundido con otra persona.

- No tiene importancia, no se preocupe. ¿Por qué me lo preguntó?

- Es extraño. Ha pasado mucho tiempo. El padre Josef, mi predecesor, me habló mucho de Marius. Le tenía un gran cariño. Cuando le di la extremaunción, me pidió que rezara por él porque, a pesar de ser un buen cristiano, había sucumbido a las tentaciones del Mal. Por entonces la gente decía que los frecuentes ataques en la región no eran los de un lobo sino de un loup garou, hecho que coincidió con el rapto de Eyssalène y la desaparición simultánea de Marius. Añadió que si algún día volviera a verlo –esta vez me rogó que se lo jurara– debía hacerle frente con este antiguo crucifijo de plata que me entregó antes de expirar. Por eso yo pensé…

- Père Aubin, ¡sí, soy yo, Marius! ¡Cumpla con su deber!

El padre Aubin, crucifijo en alto, fue el único testigo de sus postreras metamorfosis. Todo sucedió deprisa. Primero se transformó en un loup garou, sin ningún rastro de la ferocidad que se les atribuye y con una mirada entre perdida y cansada, reveladora de una profunda tristeza. Casi de inmediato, volvió a recuperar su forma y condición humanas para finalmente morir. Antes de expirar alcanzó a reclamarle, arrepentido, el perdón divino. A fin de cuentas, había vendido su alma al diablo por amor, y de eso Dios sabe mucho. Antes de convertirse en polvo abrió su puño izquierdo dejando caer un camafeo que llevaba grabado el nombre de Eyssalène Guigou.

Toda una vida dedicada al ministerio pastoral, Père Aubin no pudo comprender ni soportar lo que acababa de presenciar. Tampoco tuvo tiempo para dudar de la Palabra del Señor porque su débil corazón se detuvo. Subió a los cielos perplejo, aunque con el orgullo místico de quien ha cumplido con el deber más difícil que Dios y la vida pudieran haberle asignado.

A decenas de metros, la alegría, ajena a lo ocurrido, continuaba iluminando la fiesta.

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El Romance de Eyssalène y Marius fue estrenado por La Orden de la Terraza, dirigidos por Carlos Blanco Ruiz, el 17 de noviembre de 2018. Se llevó a cabo en el Museo Würth La Rioja y contó con la presencia en la sala del compositor.

 

[1]             Alpilles: cadena montañosa no muy elevada comparable a unos pequeños Alpes ubicada en la región provenzal francesa que se extiende de oeste a este entre Tarascón y Orgon.

 

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